miércoles, 9 de agosto de 2017

EL HEREDERO de Elizabet JORGE

Premio Victoria Ocampo 2008.

Fue para él un día complicado e inútil. Desechable, como la idea que tuvo de la herencia de su padre. Un día que acababa donde empezó, en la estación de un pueblo incierto, varado como un fantasma en medio de la lluvia.
Había llegado a las siete de la mañana decidido a terminar el trámite. Convencido de que conseguiría rápidamente el certificado de defunción que le pidió el escribano. Primero quiso conocer la casa: cómo era, que muebles tenía, o tal vez ver algún retrato, o algo más para saber sobre su padre —del que sólo conocía una firma imprecisa estampada al pie de un giro bancario que cobraba mensualmente en el Banco Provincia.
Empezó el recorrido por la calle principal, ancha, que a esa hora estaba vacía, creyendo que la propiedad quedaría por el centro. Pero no era por allí, ni por las calles laterales por las que se demoraba pensando que tenía tiempo de sobra, hasta que un rayo partió en seco el cielo y empezó a diluviar justo cuando estaba en medio de la plaza. Tuvo que refugiarse en la entrada de la iglesia, no había ni un bar por ahí. A poco el chaparrón pasó y empezó a atacarlo la impaciencia. Entonces le preguntó la dirección a una mujer que salía de la iglesia, pero en vez de contestarle, la mujer se santiguó. El heredero cruzó hasta la comisaría y allí entre carcajadas, le dijeron que esa casa no atendía por la mañana y que quedaba por “las afueras”. Tuvo la sospecha de que su propiedad no estaba desocupada. Y diez cuadras más allá supo que lo que su padre (ese viejo rufián), le había dejado por herencia, era un caserón ruinoso, con un rojo farol de prostíbulo sobre la puerta angosta que parecía haber estado pintada de dorado en otro tiempo y ventanas con cortinas negras, por las que presintió ser espiado. 
El heredero tembló; pensando que era de frío se abrochó la campera. Caminó las diez cuadras de vuelta hasta el asfalto con la llovizna en contra y un rosario de insultos en sus labios apretados.
Llegó al registro civil y pidió el certificado de defunción. La empleada demoró más de una hora en no encontrarlo. Y después tranquilamente, sin perder el ritmo con que mascaba su chicle, le dijo que debería buscarlo en la administración del hospital.
—¡La puta madre! ¿Cómo me haces perder el tiempo así, nena? 
La empleada se encogió de hombros.
La administración del hospital estaría cerrada hasta las tres. Lo supo por un cartel colgado en la puerta, miro el reloj: la una y diez. No había nadie. Con la esperanza de que alguien apareciera el heredero esperó hasta las tres menos cuarto. Pueblo de mala muerte. No quiso perder el tren de regreso a Buenos Aires. Mandaría a un comisionista a hacer el trámite. Y después, él mismo se encargaría de vender ese rancho, con putas adentro y todo. 
No pensó que ellas iban a resistir. 
Volvió por la calle principal, continuaba vacía. Al fondo, se asomaba el edificio de la estación. El heredero caminó rápidamente esas cuadras, llegó empapado. 
Llovía con fuerza sobre el techo de zinc de la sala de espera. El agua desbordaba las canaletas, bajaba por las paredes y siguiendo por un declive defectuoso inundaba el piso y se filtraba por sus zapatos. Con los pies encharcados en barro, el heredero sentía el frío subiéndole hasta la espalda. Se frotaba las piernas, pero no entraba en calor. Escupía en los charcos y se quedaba mirando como flotaba la saliva. Cuando se cansó de eso respiró profundo, pero el olor que llegaba desde los baños, lo obligó a salir. 
Aspiró el aire helado y miró hacia el campo que se deshacía detrás de la lluvia. Se levantó el cuello de la campera y guardó en los bolsillos las manos apretadas en puño. A pesar del frío, esperaría afuera, bajo el alero. 
Eran las tres de la tarde y el tren se demoraba. 
El heredero caminó por el andén, lo recorrió de punta a punta, durante el tiempo que dura un cigarrillo. Iba y venía con pasos monótonos como el ritmo de la lluvia y como el silencio que acechaba detrás.
El reloj del andén seguía marcando las tres.
Quiso corroborar la hora en el suyo, pero no lo tenía puesto. Revisó los bolsillos de la campera y los del pantalón, y lo buscó en el maletín, sin encontrarlo. Había mirado la hora dos cuadras antes de llegar a la estación. Recordaba que a las tres menos cinco lo tenía en su muñeca, mientras cruzaba las vías para evitar subir a un puente destartalado. Volvió a buscarlo a la sala de espera, recorrió con la vista el piso y el banco dónde estuvo sentado, pero no lo encontró. Al baño no se había atrevido a entrar antes, así que no lo haría ahora. Salió de nuevo al andén y corrió hasta la puerta de la oficina de pasajes: golpeó dos o tres veces. No hubo respuesta y tampoco la esperaba. Corrió por el andén hasta la ventanilla: la encontró con un cartel que decía: Cerrado. Y, más abajo: Horario: de seis a quince horas. Definitivamente, no había nadie. Forcejeó con el picaporte y sus insultos se estrellaron en el vacío.
La lluvia era torrencial, ahora no se alcanzaba a ver la calle por la ventana de la sala de espera, tampoco las vías o el campo por el lado del andén. El heredero no acertaba a calcular la hora; serían las tres y cuarto, o las tres y veinte.
El tren se demoraba.
Se miró la muñeca desnuda y levantó la vista: el reloj de la estación marcaba las tres. El tiempo estaba quieto en el reloj sin tic tac. 
—¡La puta madre!—
Su insulto rebotó en la soledad del andén. El frío perforándole la ropa, le hizo pensar que había pasado un siglo esperando allí.
Por la intensidad de la lluvia, no pudo oír los pasos cuando llegaron; pero sí las risas agudas de las dos mujeres, que se habían sentado en un banco detrás de él y conversaban ignorándolo.
¿Cuándo habían llegado?. La rubia, parecía una máscara. Tenía las arrugas surcadas por el rimmel y las tetas a medio salirse por el vestido ajustado y rotoso; le faltaban los dientes detrás de sus labios carmesí. La otra era pelirroja de mirada impertinente. Esa hizo una especie de saludo y sonriéndole con desprecio dijo: parece que el tren viene con retraso. Detrás de su voz, se oyó el silbato de la locomotora. 
El heredero hizo el gesto de mirar la hora en su muñeca, sacudió la cabeza, y enseguida levantó la vista hacia el reloj del andén. Le pareció que el segundero empezaba a moverse. Jodido reloj.
El tren se oía cercano. Avanzaba a velocidad pitando como si no fuera a detenerse. El heredero se acercó hasta el borde de la plataforma. Y aunque lo sentía retemblar cerca, la lluvia espesa no lo dejaba verlo.
Un viento frío, como la incertidumbre, arremetió por la punta del andén. 
Sintió el empujón. Pero no alcanzó a girar la cabeza, no pudo ver que quienes lo empujaban eran las dos prostitutas. Perdió el equilibrio cuando un taco agudísimo se le hundió justo en el hueco detrás de su rodilla. 
Cayó de panza sobre las vías.
El tren se abría paso con ferocidad sobre los rieles, el heredero por un instante creyó ver su reloj perdido entre los durmientes.
Enterró la cara en el barro un segundo antes de que la locomotora lo devorara. 
En los pueblos de mala muerte, el tren no se detiene cuando viene con retraso.




sábado, 22 de julio de 2017

EL ILUSTRE AMOR de Manuel MUJICA LÁINEZ

En el aire fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la pompa fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena la espía hace rato por el entreabierto postigo, aferrándose a la reja de su ventana. Traen al muerto desde la que fue su residencia del Fuerte, para exponerle durante los oficios de la Catedral y del convento de las monjas capuchinas. Dicen que viene muy bien embalsamado, con el hábito de Santiago por mortaja, al cinto el espadín. También dicen que se le ha puesto la cara negra.
A Magdalena le late el corazón locamente. De vez en vez se lleva el pañuelo a los labios. Otras, no pudiendo dominarse, abandona su acecho y camina sin razón por el aposento enorme, oscuro. El vestido enlutado y la mantilla de duelo disimulan su figura otoñal de mujer que nunca ha sido hermosa. Pero pronto regresa a la ventana y empuja suavemente el tablero. Poco falta ya. Dentro de unos minutos el séquito pasará frente a su casa.
Magdalena se retuerce las manos. ¿Se animará, se animará a salir?
Ya se oyen los latines con claridad. Encabeza la marcha el deán, entre los curas catedralicios y los diáconos cuyo andar se acompasa con el lujo de las dalmáticas. Sigue el Cabildo eclesiástico, en alto las cruces y los pendones de las cofradías. Algunos esclavos se han puesto de hinojos junto a la ventana de Magdalena. Por encima de sus cráneos motudos, desfilan las mazas del Cabildo. Tendrá que ser ahora. Magdalena ahoga un grito, abre la puerta y sale.
Afuera, la Plaza inmensa, trémula bajo el tibio sol, está inundada de gente. Nadie quiso perder las ceremonias. El ataúd se balancea como una barca sobre el séquito despacioso. Pasan ahora los miembros del Consulado y los de la Real Audiencia, con el regente de golilla. Pasan el Marqués de Casa Hermosa y el secretario de Su Excelencia y el comandante de Forasteros. Los oficiales se turnan para tomar, como si fueran reliquias, las telas de bayeta que penden de la caja. Los soldados arrastran cuatro cañones viejos. El Virrey va hacia su morada última en la Iglesia de San Juan.
Magdalena se suma al cortejo llorando desesperadamente. El sobrino de Su Excelencia se hace a un lado, a pesar del rigor de la etiqueta, y le roza un hombro con la mano perdida entre encajes, para sosegar tanto dolor. Pero Magdalena no calla. Su llanto se mezcla a los latines litúrgicos, cuya música decora el nombre ilustre: “Excmo. Domino Pedro Melo de Portugal et Villena, militaris ordinis Sancti Jacobi…”
El Marqués de Casa Hermosa vuelve un poco la cabeza altiva en pos de quién gime así. Y el secretario virreinal también, sorprendido. Y los cónsules del Real Consulado. Quienes más se asombran son las cuatro hermanas de Magdalena, las cuatro hermanas jóvenes cuyos maridos desempeñan cargos en el gobierno de la ciudad.
-¿Qué tendrá Magdalena?
-¿Qué tendrá Magdalena?
-¿Cómo habrá venido aquí, ella que nunca deja la casa?
Las otras vecinas lo comentan con bisbiseos hipócritas, en el rumor de los largos rosarios.
-¿Por qué llorará así Magdalena?
A las cuatro hermanas ese llanto y ese duelo las perturban. ¿Qué puede importarle a la mayor, a la enclaustrada, la muerte de don Pedro? ¿Qué pudo acercarla a señorón tan distante, al señor cuyas órdenes recibían sus maridos temblando, como si emanaran del propio Rey? El Marqués de Casa Hermosa suspira y menea la cabeza. Se alisa la blanca peluca y tercia la capa porque la brisa se empieza a enfriar.
Ya suenan sus pasos en la Catedral, atisbados por los santos y las vírgenes. Disparan los cañones reumáticos, mientras depositan a don Pedro en el túmulo que diez soldados custodian entre hachones encendidos. Ocupa cada uno su lugar receloso de precedencias. En el altar frontero, levántase la gloria de los salmos. El deán comienza a rezar el oficio.
Magdalena se desliza quedamente entre los oidores y los cónsules. Se aproxima al asiento de dosel donde el decano de la Audiencia finge meditaciones profundas. Nadie se atreve a protestar por el atentado contra las jerarquías. ¡Es tan terrible el dolor de esta mujer!
El deán, al tornarse con los brazos abiertos como alas, para la primera bendición, la ve y alza una ceja. Tose el Marqués de Casa Hermosa, incómodo. Pero el sobrino del Virrey permanece al lado de la dama cuitada, palmeándola, calmándola.
Sólo unos metros escasos la separan del túmulo. Allá arriba, cruzadas las manos sobre el pecho, descansa don Pedro, con sus trofeos, con sus insignias.
-¿Qué le acontece a Magdalena?
Las cuatro hermanas arden como cuatro hachones.
Chisporrotean, celosas.
-¿Qué diantre le pasa? ¿Ha extraviado el juicio? ¿O habrá habido algo, algo muy íntimo, entre ella y el Virrey? Pero no, no, es imposible… ¿cuándo?
Don Pedro Melo de Portugal y Villena, de la casa de los duques de Braganza, caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de cámara en ejercicio, primer caballerizo de la Reina, virrey, gobernador y capitán general de las Provincias del Río de la Plata, presidente de la Real Audiencia Pretorial de Buenos Aires, duerme su sueño infinito, bajo el escudo que cubre el manto ducal, el blasón con las torres y las quinas de la familia real portuguesa. Indiferente, su negra cara brilla como el ébano, en el oscilar de las antorchas.
Magdalena, de rodillas, convulsa, responde a los Dominus vobis cum.
Las vecinas se codean:
¡Qué escándalo! Ya ni pudor queda en esta tierra… ¡Y qué calladito lo tuvo!
Pero, simultáneamente, infíltrase en el ánimo de todos esos hombres y de todas esas mujeres, como algo más recio, más sutil que su irritado desdén, un indefinible respeto hacia quien tan cerca estuvo del amo.
La procesión ondula hacia el convento de las capuchinas de Santa Clara, del cual fue protector Su Excelencia. Magdalena no logra casi tenerse en pie. La sostiene el sobrino de don Pedro, y el Marqués de Casa Hermosa, malhumorado, le murmura desflecadas frases de consuelo. Las cuatro hermanas jóvenes no osan mirarse.
¡Mosca muerta! ¡Mosca muerta! ¡Cómo se habrá reído de ellas, para sus adentros, cuando le hicieron sentir, con mil alusiones agrias, su superioridad de mujeres casadas, fecundas, ante la hembra seca, reseca, vieja a los cuarenta años, sin vida, sin nada, que jamás salía del caserón paterno de la Plaza Mayor! ¿Iría el Virrey allí? ¿Iría ella al Fuerte?
¿Dónde se encontrarían?
-¿Qué hacemos? -susurra la segunda.
Han descendido el cadáver a su sepulcro, abierto junto a la reja del coro de las monjas. Se fue don Pedro, como un muñeco suntuoso. Era demasiado soberbio para escuchar el zumbido de avispas que revolotea en torno de su magnificencia displicente.
Despídese el concurso. El regente de la Audiencia, al pasar ante Magdalena, a quien no conoce, le hace una reverencia grave, sin saber por qué. Las cuatro hermanas la rodean, sofocadas, quebrado el orgullo. También los maridos, que se doblan en la rigidez de las casacas y ojean furtivamente alrededor.
Regresan a la gran casa vacía. Nadie dice palabra. Entre la belleza insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante fulgor. Les parece que no la han observado bien hasta hoy, que sólo hoy la conocen. Y en el fondo, en el secretísimo fondo de su alma, hermanas y cuñados la temen y la admiran. Es como si un pincel de artista hubiera barnizado esa tela deslucida, agrietada, remozándola para siempre.
Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar de estas cosas. Magdalena atraviesa el zaguán de su casa, erguida, triunfante. Ya no la dejará. Hasta el fin de sus días vivirá encerrada, como un ídolo fascinador, como un objeto raro, precioso, casi legendario, en las salas sombrías, esas salas que abandonó por última vez para seguir el cortejo mortuorio de un Virrey a quien no había visto nunca.

viernes, 7 de julio de 2017

DOBLE VIDA de Eduardo BERTI

En cuanto supe que mi padre había llevado en sus últimos treinta años una doble vida, sucumbí a la curiosidad y averigüé el nombre de su otra mujer y la dirección de su otro hogar. Llamé a la puerta con una excusa cualquiera una inspección de la compañía de seguros, o algo así, y una mujer alta y equina me invitó a entrar. Entonces no pude dar crédito a lo que veía: el interior de aquel hogar era una réplica del que habíamos compartido mi padre, mi madre y yo; los mismos muebles, los mismos sillones con el mismo tapizado distribuidos exactamente igual, y hasta los mismos cuadros, los mismos platos de porcelana y las mismas esculturas de yeso.
De vuelta a casa, esa misma noche me dediqué con malévolo placer a desordenar y revolver las cosas en los estantes. Mi madre seguía perpleja mis movimientos, pero no le dije nada de mi visita a la casa y cenamos en silencio.
De pronto recordé que la vez que, siendo un niño, rompí el jarrón chino que flanqueaba el diván, el enojo de mi padre al saber del accidente me había parecido desproporcionado. Ahora podía entenderlo. Podía incluso imaginarlo al día siguiente, destruyendo a conciencia el jarrón igual, sólo para conservar la simetría con su otro hogar.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...